
Alejandro Manríquez por María José Melendo, Julia Victoria Isidori y Gustavo Cabrera
Biodata
Nació el 27 de noviembre de 1979 en Centenario, provincia de Neuquén, Argentina. A los 19 años se trasladó a la Ciudad de Buenos Aires a estudiar la Licenciatura en Artes Visuales en el Instituto Universitario Nacional del Arte Prilidiano Pueyrredón. Durante este período, paralelamente, siguió su formación en distintos talleres de dibujo y pintura. Participó en diversas muestras colectivas.
En 2007 se radicó en Córdoba capital, donde dictó clases de arte y trabajó como dibujante freelance para empresas de diseño del extranjero y como ilustrador en diversos medios gráficos nacionales, como la revista Caras y Caretas y el diario Río Negro. En la provincia mediterránea expuso de manera individual y grupal.
Luego de algunos años regresó a vivir a la Patagonia y en la ciudad de Centenario armó su estudio taller y se desempeñó como profesor universitario en el IUNA, primero, y en la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) y el Instituto Universitario Patagónico de Arte (IUPA) después.
Además, fue director del Centro Municipal de Artes Visuales de Cipolletti y director de Desarrollo Cultural de la Municipalidad de Centenario.
Como artista visual produce y expone de manera constante. Sus obras se encuentran en diferentes colecciones nacionales y del extranjero
¿Te consideras un artista contemporáneo? Queremos que nos me cuentes si le das relevancia a esta categoría, si la pensás o problematizás en relación con determinados rasgos (temporales, estilísticos, procedimentales, técnicos, poéticos).
No me me considero un artista contemporáneo en función de la definición de arte contemporáneo que podemos encontrar dentro de la estética y la teoría del arte, porque mi expresión sensible va por otro lado. Sin embargo, me considero un pintor contemporáneo: ahí está la diferencia. Un artista contemporáneo muchas veces trabaja cuestiones que no son aspectos que yo tenga en cuenta en mi producción: el anonimato o trabajar con cosas «ya hechas»; en mi producción todo está dado de una manera más artesanal, de allí que no me sienta un artista contemporáneo, pero sí un pintor contemporáneo desde el momento en que mis intereses son contemporáneos, porque habito mi tiempo y me hago cargo de eso en mi obra: me gusta dar cuenta del tiempo en el que transcurro. En cuanto a la técnica que utilizo, debo decir que, por supuesto, yo no inventé nada: se trata de aceite de lino amasado con mortero y pigmento. Tampoco inventé ningún sistema compositivo, simplemente cuento mundos internos, personajes que habitan mi mente. A la técnica la considero fundamental y mi factura no corresponde con estéticas contemporáneas. Sé que hay un arte contemporáneo que está quizás más ligado a lo conceptual, a la desmaterialización de la obra, pero bueno, eso también sucedió antes, de modo que no sería privativo de este tiempo, de esta contemporaneidad. Hay estéticas contemporáneas interesantes para analizar, cuestiones que van pasando, y lo significativo es mirar la línea. ¿Hasta dónde se va a estirar esto?, porque la historicidad se fue estirando hasta llegar a este punto: multilenguajes, la pérdida absoluta del aura del creador: lo importante es la obra o el concepto. Podría ser una obra de Jeff Koons, que sí sabemos que son de él, pero hay otras de las que ni siquiera conocemos al autor, lo relevante es la obra; en qué va a terminar, no lo sabemos. En esta estética yo me considero un espectador, porque siento que vamos por caminos diferentes. También me pasa que considero que tengo poco que ver con el pintor tradicional —sin embargo, pinto con óleo—, pero no porque mi obra no se parezca, sino por el contenido; tengo menos que ver con un pintor paisajista que con uno conceptual. En mi vida pinté un cuadro paisaje, en mi vida hice un retrato que no tenga antes un concepto. Lo tenía que hacer por trabajo cuando era caricaturista y sufría horrores haciendo un retrato. Por propia voluntad jamás pinté uno, siempre fue por un relato visual que se mepresentaba y después salía a utilizar la imagen, por eso siento que mi obra no tiene conexión con la pintura de paisajes o de retratos pese a ser figurativa. Veo un paisaje, lo encuentro fascinante pero no lo pinto; tengo un proceso creativo diferente, por eso digo que también encuentro sumamente compleja la cuestión de las estéticas contemporáneas. Una definición clásica de arte, de la estética, es escenario y juicio: algo que entra en escena y que, finalmente, lo juzgamos; eso podría ser arte. En mi caso, he pasado mi vida sin tratar de definir al arte, porque no me aporta nada y tampoco llegué a ningún lugar donde me sienta cómodo; son otros impulsos los que debería definir, más que la palabra o el concepto arte.
Igual, ese recelo que vos tenés a definirte o a pensar son rasgos que te hacen coincidir con el arte contemporáneo, porque la indefinición es una característica de lo contemporáneo.
Claro. Mi recelo a definirme es porque me hago cargo de no comprenderme. Parto más de mi pintura para comprenderme que del arte contemporáneo en sí. Hace mucho tiempo que me di cuenta, como pintor primero, que la pintura era el medio, y luego situé la pintura y me di cuenta de qué había hecho la pintura hasta el momento en que yo me metí. Por eso, no le doy tanta importancia al arte contemporáneo sino al hombre contemporáneo haciendo arte.
¿En qué espectadoras y espectadores estás pensando? Queremos saber si considerás oportuno repensar el concepto de espectador y cómo concebís a esa otra y ese otro que participa de la experiencia estética que proponés (cuál es su rol, en qué espacios pensás que va a interactuar).
Es una pregunta compleja para un pintor. Podría decir: «Yo pinto para mí», pero, cada vez que lo hago estoy pensando en el otro, en cómo va a mirar el cuadro y, a partir de esa mirada que construyo, sufro, voy conflictuándome muchas veces; también poniéndome contento y logrando cuestiones y todo se vuelve más ameno. Es decir, voy pensando cómo el otro va a mirar la obra, sino calculo que uno pintaría de otra manera.
Es difícil la pregunta, porque uno tiene y no tiene presente al espectador. A mí, durante mucho tiempo, me pasó que no terminaba los cuadros y creo que eso tenía que ver con que estaba todo el tiempo atravesado por la pregunta ¿para qué pinto? Tengo muy pocas exposiciones si tomo en cuenta la cantidad de obra que produje, las vece que me puse a pintar o a dibujar. A mí me gusta mucho el hecho de pintar lo que no sé es lo que voy a pintar, y por eso encontré en el óleo una materialidad que las otras técnicas no me daban: la posibilidad de improvisar en una primera instancia, pinto grandes superficies sin haber hecho siquiera un boceto; hay jornadas que sale bien y otras en las que sale todo mal y todo se derrumba. Pero es así: en el proceso creativo empiezo a encontrar las soluciones plásticas y lo voy materializando, y no siempre busco exponer ese resultado.
Me apasiona pintar, es un acto existencial, no pienso en si voy a exponer lo que produzco o no y entiendo lo que hago como momentos del tiempo y, por eso, cuando empecé —después de años— a terminar los cuadros, tomé conciencia del acto de cerrar pequeñas etapas de tiempo, de encuentro con esa materia que queda allí.
Si lo ponés en la balanza ¿tu producción es más para vos que para el espectador?
En cierta forma sí es más para mí, pero también he hecho recientemente exposiciones y pienso cómo el otro va a mirar el recorrido visual que planteo, reflexiono en cómo transmitirle sensaciones a quien va a mirar. Son muchas cosas a la vez las que traccionan.
¿Cómo se relacionan en tu producción lo conceptual y lo material? Nuestra intención es que puedas señalar desde qué lugar abordás tus procesos creativos.
Básicamente siempre arranco con una palabra ya que ellas crean imágenes. El lenguaje me genera siempre una imagen y eso alcanza para ir al papel, esbozar un poco y después a partir de ahí a la tela, y que cambie todo. La palabra le regala cuestiones a la forma, la forma responde con conceptos, y se van entrelazando en un proceso creativo confuso en el que las decisiones se toman en el momento, se van elaborando en la materialidad. Tengo una manera de hacer, pero no un código establecido, así que siempre es más azaroso; tiene que ver más con un acto a veces impulsivo o decisiones estéticas del momento. Me lo permite —como dije anteriormente— la técnica, por eso la uso así. El óleo permite muchas instancias, inclusive trabajo varios cuadros a la vez. Siempre estoy con cuatro, diez a veces, y los voy dejando; son procesos largos. Algunos están dos meses sin que los vea, luego les agrego, les saco, se van enganchando, va pasando un color de un cuadro a otro, siempre jugando, sabiendo que el proceso es divertirme, jugar como un chico.
¿Hay una relación entre tu producción y el espacio-tiempo que habitás? Nos interesa saber cuáles son los disparadores que dan origen a tus reflexiones.
Es total. A mí me gusta mucho la pintura, pero en realidad la etapa que más me gusta del hombre es la primera, la de las cavernas. El último cuadro es sobre las cuevas de Chauvet en Francia —las más antiguas de la humanidad—, que son una cápsula de tiempo, se sellaron porque se derrumbó un acantilado y está hasta el carbón que cayó cuando hicieron los dibujos. Eso siempre me ha impactado, que el hombre dibujaba igual que como nosotros ahora. Me apasiona que tuviera el poder de sacar todo el barro en una línea, todos sus miedos, como me pasa a mí cuando me pongo a pintar: pongo todos mis miedos, las certezas que tengo, en eso me parece que seguimos siendo los mismos. Cada vez que vamos a expresarnos sensiblemente dejamos registro de nuestro tiempo. Puede ser en un mural o en una hoja, pero es extraordinario que el hecho de pintar sea el mismo. El pequeño momento en que uno puede dibujar, hacer una abstracción de una línea… que el único ser en la tierra que lo pueda hacer sea el hombre, es maravilloso. Y eso es de nuestro tiempo como lo fue de los otros. Y, después, todas las cuestiones que sufro como hombre del tiempo, que me llevan a contar algunos temas.
Y ¿cuáles son esos dolores de tu tiempo?
Son muchos, me parece que la hipercomunicación y la incomunicación están una al lado de la otra, aunque tiene sus cosas buenas, como que muchos actos de justicia se han dado por la hipercomunicación. Ahora estoy haciendo un libro y no me había dado cuenta de que casi toda mi obra se la dediqué al agua. Pienso que el hombre no ha cuidado el planeta, no ha tenido sentido de trascendencia; el hombre moderno, menos aún. Tengo una mirada muy pesimista sobre la especie humana. Todo tiene un tiempo. La odisea del mono habría sido que finalmente nos subamos a una nave y nos vayamos. No lo vamos a lograr, vamos a ser un suspiro en el tiempo que trajo cosas maravillosas y, también, otras horrorosas.
Gran parte de mi obra está dedicada a eso: al consumismo, al hombre hipercomunicado, al hombre estresado y a ese que destruye su propio hábitat. Y otra cosa que me ha conmovido toda la vida es la muerte, esa angustia de estar vivo y no saber para qué. Dar cuenta del tiempo es terrible. La finitud es el otro gran tema.
Y el agua en su simbolismo, porque vos decís que no pintás ni paisajes ni realidades que están allá afuera.
Claro, el agua siempre como algo que falta o aparece de manera escasa, o siempre envasada. Yo no me había dado cuenta, se ve que son cosas que me preocupan de manera inconsciente.
—Contanos una obra o experiencia estética que consideres clave en tu producción. Nos interesa la descripción y el relato en torno a alguna de tus producciones (pensada, soñada, realizada, abandonada, pospuesta, pendiente, consagrada, mimada, inacabada) que consideres vital en tu trayectoria.
Hay una, particularmente —que es la obra más grande que pinté— que se llama El tiempo, que la hice hace ya seis años: es un políptico mural que está adentro de una casa, en un living, y tiene una particularidad —por lo cual la quiero tanto, a pesar de que con la distancia creo que tiene algunos errores— que la hace mi obra favorita: se compone de seis paneles que se combinan entre sí y tienen ruedas; cuando se mueven se van transformando en otras composiciones: la persona puede ir, moverlos y mirar otro cuadro. Eran muy pesados, muy grandes: tienen 2,60 m de altura por casi 8. Fue muy complicado el proceso; en un momento, luego de unas vacaciones, llegué y lijé la mitad y volví a empezar. A pesar de que era un encargo, lo hice porque yo quería realmente, dejé mi vida. Fue un año entero de trabajo y dejé lo mejor. Se resolvió en algunos aspectos, en otros no tanto. Le metía seis horas por día y sigue teniendo un cariño especial en mí por lo vivido. En ese momento yo quería vivir de la pintura y este trabajo me lo permitió durante un año.

